viernes, 14 de abril de 2017

Siete cosas que posiblemente no saben de mi: #3

Las dos entregas anteriores estuvieron dedicadas a cosas que me gustan. Ahora, les traigo algo que no me gusta...

#3 Odio los salones de belleza

Hace dos días andaba en Plaza Fiesta San Agustín y, aprovechando las vacaciones y que ya era justo, decidí ponerme uñas. Tuve la suerte de que pudieron atenderme sin cita por una cancelación... ¿o sería una desgracia?

Y es que, ya estando en medio del show, recordé por qué no suelo hacer este tipo de cosas más seguido: odio los salones de belleza. Y son varias las razones de ello:
  • Toma demasiado de mi precioso tiempo estar haciendo estas cosas. Unas uñas simples toman al menos un par de horas, de las cuales podría ahorrarme fácilmente una si yo me aplico Gelish en casa. Lo mismo me ahorro pintándome el cabello yo sola. Sé que no es lo mismo, pero la hora ahorrada es definitivamente más productiva.
  • Realmente soy simple en lo que respecta a mi cabello o a mis uñas: no me llama la atención nada estrafalario. De hecho, dejé de ser pelirroja no porque no me gustara sino por el esfuerzo requerido para mantener el cabello rojo.
  • Nunca he tenido una plática productiva en un salón de belleza, y eso me hace sentir fuera de lugar. Por favor, que esto no se entienda como un menosprecio a la gente que va a los salones de belleza: seguramente yo no he tenido la suerte de encontrarme con alguien afín y por eso no he disfrutado mi estadía en estos lugares. Sé que soy un bicho raro a quien la mala suerte siempre le acompaña y por ello paso horas en silencio esperando a que terminen conmigo y me liberen de mi encierro.
  • Nunca quedo conforme con los resultados, posiblemente porque tengo muy altas expectativas.
Mi odio a los salones de belleza es irónico pues, más de una vez me han preguntado en dónde tengo el mío, lo cual quiero pensar es un reflejo de lo fashion que soy y no del estereotipo que la gente tiene sobre las mujeres trans. 

Igualmente es rara mi animadversión por los salones de belleza pero no por los estudios de tatuaje, en donde me he pasado hasta cinco horas soportando un sufrimiento sin igual al que unas horas poniéndome uñas podría causarme. Supongo que tiene que ver con lo perene de éstas últimas pues, inevitablemente volverá a llevarme a ese sitio a soportar el mismo sentimiento de pérdida de tiempo que los salones de belleza siempre me acaban por provocar.

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